De nuevo, los Goya
Cada año veo la gala de los Goya con la esperanza de que mejore, de que estimulen mi interés por el cine español. Y cada año fracaso en el intento. En la edición anterior, la vergonzosa y soez actuación de Corbacho me hizo sentir vergüenza ajena, sobre todo por la presencia de estrellas internacionales como Viggo Mortensen y Daniel Brühl que habrán difundido el patetismo de la gala más allá de nuestras fronteras. Pero quizás el pseudo humorista reconvertido a director –o viceversa– contaba en su primera incursión en los Goya con el factor sorpresa, que hizo que ganara algún inmerecido punto por su actuación. Perdido este factor, su actuación de 2008 lo ha hundido en los infiernos de la mediocridad, la falta de originalidad y la chabacanería, que se ha visto, si cabe, más reforzada. Sólo dos gags dignos de mención y que sirvieron para provocar estupor o risa: su parodia del comentadísimo discurso del año pasado de la presidenta de la Academia de Cine; y su disfraz de Javier Bardem. Todo lo demás sonó a baratas imitaciones de Billy Crystal y a deja vù. En cuanto a los premios, una sorpresa sin precedentes. En EEUU el cine independiente se hace con cientos de millones de dólares, pero en España se hace más bien con un par de milloncejos de euros. Por eso, ‘La soledad’ se ha erigido como una triunfadora en el lado más independiente de las independientes. Ni su propio director da crédito a lo sucedido, ya que ni 44.000 personas acudieron a ver su obra a las salas, un pecado que se remediará gracias al impulso post Goya. Muchas concesiones a ‘El orfanato’, pero las justas. Y un merecidísimo Goya a Maribel Verdú. Alberto San Juan se salió de madre con su comentario hacia la Conferencia Episcopal, ya que independientemente de que muchos estén a favor, y otros tantos en contra de su opinión, no es el foro adecuado para emitirla. La politización del cine debe venir –si cabe– a través de sus mensajes en la pantalla, no de cuatro discursos panfletarios fuera de lugar. Lo peor, la retransmisión en falso directo, aunque nos libró de, al parecer, una todavía más sonora falta de coherencia en el discurso de Alfredo Landa, que no se merecía haber perdido el oremus en uno de los momentos más culminantes de su carrera, fuera o no por culpa de los trankimazines, como aseguró más tarde. También hay que mencionar la escandalosa falta de interés de las nominadas a mejor actriz de reparto por obtener el premio, ya que ninguna hizo acto de presencia. Una muestra más de la baja estofa de los galardones. En cuanto a la parte más glamourosa de los premios, también hay que mencionar los vestidos. Goya Toledo y Belén Rueda estuvieron impecables. Maribel Verdú muy guapa pero poco elegante. Innombrable Blanca Portillo, vestida de ese vendedor de humo que es David Delfín. Perfecta, aunque exagerada Elsa Pataky y con un gran aire de novata Manuela Velasco. Vulgar Natalia Verbeke. Entre ellos, elegancia la justa, sobre todo entre Mortadelo y Filemón, que parecían recién llegados de la compra. En fin, una vez más la Gala de los Goya no es más que una muestra de lo que es el cine español: mucha caspa, alguna flor entre tanto barro y un tufillo a tortilla de patatas que, no por patrio y aparentemente sabroso, llama a la distinción.
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13:23:09